Antes de comparar los tres formatos conviene establecer un hecho más útil, porque decide si esta comparación te importa siquiera.
JPG, PNG, PDF, MP4, MP3, DOCX y XLSX ya están comprimidos. La compresión funciona encontrando repeticiones y codificándolas más corto; esos formatos ya eliminaron la repetición. Pasar un segundo compresor por el resultado no encuentra casi nada que exprimir.
Mete veinte fotos en un ZIP y el archivo será quizá un 1–2% más pequeño que los originales. A veces es mayor, porque el contenedor añade su propia estructura. Lo mismo con una carpeta de PDF, y con el vídeo, que es lo más comprimido que suele tener la gente.
Esto importa porque “lo comprimo para enviarlo por correo” es la razón más común para abrir un compresor — y precisamente con esos archivos es lo único que no funciona. Si un PDF de 40 MB no cabe en un correo, comprimirlo da un ZIP de 39 MB. Comprimir el propio PDF — recodificar sus imágenes a una resolución razonable — da un PDF de 4 MB. Es otra operación con otro resultado.
Los archivos comprimidos sí encogen el texto: código fuente, CSV, registros, XML, imágenes sin comprimir como BMP y TIFF, bases de datos. Una carpeta de CSV puede perder un 80–90%. Si eso es lo que tienes, sigue leyendo.
ZIP es de 1989 y está integrado en Windows, macOS, Linux, iOS y Android. Nadie tiene que instalar nada, y ese solo hecho pesa más que casi cualquier consideración técnica.
Su compresión es la más floja de las tres, con diferencia apreciable en conjuntos grandes. Comprime cada archivo por separado, lo que cuesta ratio pero tiene una ventaja real: puedes extraer un archivo sin procesar todo el conjunto, y un ZIP dañado suele devolver aún lo que había antes del daño.
Con el cifrado, cuidado. ZIP admite dos esquemas: el original ZipCrypto, roto criptográficamente y que hay que tratar como si no hubiera protección, y AES-256, que es sólido pero no es lo que todas las herramientas usan por defecto. Si ciframos un ZIP, conviene confirmar cuál salió.
Otra limitación: ZIP cifra el contenido pero deja los nombres legibles. Quien tenga el archivo ve qué hay dentro sin la contraseña.
7z es abierto, gratuito y comprime más que los otros dos — normalmente un 20–40% por debajo de ZIP en contenido comprimible, y más en colecciones grandes de archivos parecidos.
Dos cosas explican la diferencia. Usa LZMA2, un algoritmo más moderno con una ventana de búsqueda mucho mayor. Y admite archivos sólidos: en vez de comprimir cada archivo aparte, trata el conjunto como un flujo continuo, así que también se comprime la repetición entre archivos. Una carpeta con mil HTML parecidos se beneficia enormemente.
Lo sólido tiene un coste, y es la imagen especular de la ventaja de ZIP: para extraer un archivo hay que procesar todo lo anterior. En archivos grandes es lento, y un daño al principio puede costarte todo lo que viene después.
Su cifrado es AES-256 y, a diferencia de ZIP, puede cifrar también los nombres: sin contraseña el archivo no revela nada.
El inconveniente es el soporte. Windows y macOS no abren 7z sin instalar algo. Para un destinatario desconocido eso es un obstáculo real.
RAR comprime mejor que ZIP y de forma comparable a 7z, ganando en ciertos contenidos. Admite archivos sólidos, AES-256 y tiene una función genuinamente distintiva: los registros de recuperación, datos redundantes guardados dentro del archivo que pueden reparar uno dañado. Para algo que va a un soporte físico o viaja por un enlace poco fiable, eso vale.
Pero RAR es propietario. Extraer es gratis; crear archivos RAR requiere licencia. Dado que 7z iguala su compresión, es libre y abierto y cifra al menos igual de bien, hay poca razón para elegir RAR hoy. Sigue presente sobre todo por inercia y por los archivos que ya existen.
Hacerlo al revés — comprimir, ver que no ahorró nada, partir el ZIP en trozos — produce un paquete que el destinatario tiene que recomponer, sin reducción alguna.